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Ocejo confía en que el FIS sirva para "aliviar a una sociedad agobiada"

El FIS arranca el sábado con el relato de la "excepcional soledad" del zar ruso Boris Godounov

29 Jul 10 |

  La 59ª edición del Festival Internacional de Santander arranca este sábado con un relato de la "excepcional soledad" del zar ruso Boris Godounov, un hombre "sincero" que vive "preso" de los complots y el "oscurantismo" medieval.

  

 Su historia se desarrolla en Rusia entre los años 1598 y 1605, y es la de un zar que accede al poder bajo la sospecha de haber asesinado a su predecesor --el hijo de Iván el Terrible-- para lograrlo, y que acaba pasando "del apogeo a la decadencia".

   La obra se enmarca en la época de los disturbios y el hambre en Rusia, y narra como pese a ello, Godounov trata de ser un hombre "de futuro y de progreso" que decretó la abolición de la esclavitud y que se empeñó en "no renunciar a la pureza" de cuando era un niño.

   Esta ópera, producida por el teatro de la Opera Royal de Wallonie (Lieja) se representará el sábado 21 y el martes 3 de agosto, a las nueve de la noche, en la Sala Argenta del Palacio de Festivales.

   Con ella arrancará la edición de este año del FIS, que su director, José Luis Ocejo, cree que llega para dar "viento de aire" a una España "llena de calor" y que servirá para "aliviar a una sociedad agobiada" por los problemas económicos.

BORIS GODOUNOV

   El director artístico del montaje, Paolo Arrivabeni, explicó que se trata de una obra "inmensa, muy grande y complicada" pero, por eso mismo, "bella e increíble", y elogió el "intenso" trabajo y "presencia en el escenario" de sus intérpretes., unos "grandes profesionales", como les definió Elena Oparkova, directora del Centro de Ópera 'Galina Vishnevaskaya'.

   Por su parte, el director de escena, Petrika Ionesco, afirmó que este Boris es "distinto a los demás" y se caracteriza por ser "muy complejo", marcado por una "excepcional soledad" que en esta versión, bastante próxima a la original, "se nota mucho más".


   Comenzó en 1598 con la llegada de Boris Godounov y terminó en 1613, año en que la dinastía Romanov subió al trono, que ocupará hasta la revolución de 1917.

La Rusia de Boris reproduce los mismos esquemas dolorosos y terribles vividos por el país en

períodos anteriores. El pueblo que Boris ha heredado es todavía muy primitivo, supersticioso

y salvaje, sumamente necesitado de un padre o un maestro. Boris, sin embargo, no obedece a

esta idea. Es un humanista, un personaje del Renacimiento en un mundo medieval. Abre su

país a Occidente, anima a los extranjeros a viajar a Rusia, promulga leyes que legitiman a los

campesinos a permanecer en sus tierras. Muy avanzado para su época, prefigura ya a Pedro el

Grande; de hecho, es casi un monarca de la Ilustración. En este mundo de creencias, magia y

brujerías, este zar es una anomalía. Pero, tras su coronación y varios años de prosperidad llegó

la hambruna, inmediatamente aprovechada políticamente en detrimento de Boris.

Grigori, el falso Dimitri, se exilia para regresar soliviantando las masas y negar cualquier forma

de modernidad. Sabe que el pueblo está siempre dispuesto a cambiar de poder, a elegir a otro

padre cuando los acontecimientos son desfavorables y la autoridad se encuentra debilitada. El

pueblo, que adoraba a Iván el Terrible, ya no quiere un padre generoso y bueno como es Boris:

es capaz de aclamar incluso a un impostor. Son Pimen y Chouski quienes crean al falso Dimitri

y, con artimañas arteras, le catapultan al trono, provocando así la caída y muerte de Boris.

Boris, en la ópera, vive atormentado por los remordimientos. Sin embargo, históricamente

nunca se ha probado su participación en el asesinato del zarevich. La muerte del niño, inventada

por Karamsine y recogida por Pouchkine, es asumida también por Moussorgski. La vulnerabilidad

de Boris es aprovechada por su entorno y la sospecha se convierte en su mejor arma

de venganza. El desequilibrio que en las dos crisis le derrumban es, para este Zar realista, el intento

desesperado de huir del oscurantismo que le asfixia y le lleva al delirio. Se convierte en

una presa de ese mundo de tinieblas traumatizante que subyace en el carácter ruso y asiático.

Es trágico por cuanto que es realmente sincero y no es en absoluto ese gran criminal que el pueblo

desea. El Inocente es el verdadero religioso, el único que vislumbra con claridad los hechos,

movidos exclusivamente por la poderosa maquinaria política. El Inocente es sincero, como

Boris. Prevé, más bien ve, el Apocalipsis.

 

Europa Press

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